La primera vez que me engañes…

yihad.jpg

En ocasiones me pregunto si el mundo precisa una tercera guerra mundial para volver a comprender los valores que fundamentan la Declaración de Derechos Humanos. No es suficiente la facilidad de acceso a la información, el nivel de educación generalizada y el imperio de la lógica instrumental si a la hora de la verdad, mientras construimos lo que en otra época se consideraba utopía, una parte de nosotros regresa a los viejos discursos reaccionarios, especialmente a través de los medios de comunicación generalistas.

Recientemente he leído en El País el artículo del señor vicesecretario de Comunicación del PP con la esperanza de comprobar si las explicaciones del fenómeno yihadista han evolucionado desde 2015, tema de una investigación propia. Tras dos años más de caos y despreciables atentados terroristas esperaba que los think tank hubieran actualizado sus argumentos y propuestas. Sin embargo no fue así.

“El fundado temor de los investigadores a que los atentados pudieran normalizarse parece haberse cumplido; la prueba de ello es que continuamos repitiendo las mismas consignas egocéntricas y localistas para explicar estos hechos”

El discurso del señor Casado tiene un mérito especial: conjugar una cantidad ingente de lugares comunes discutidos por la gran mayoría de periodistas; aunque por desgracia esto significa que no aporta absolutamente nada nuevo a la tendencia periodística actual sobre el tema. Se trata de un discurso redondo en el que, con una mirada aparentemente conciliadora, parece abarcar un nosotros enfrentado únicamente a los terroristas, dejando espacio para diversas identidades. El sentido de este discurso incita al lector a pensar en un occidente “dormido” cuyo único error fue ser ingenuamente generoso… pero, ¿con quién?

¿Quiénes son esas “minorías musulmanas”? ¿Los sirios emigrados a Sudamérica o los turcos de Alemania? ¿Los provenientes del subcontinente indio, los del Magreb, el Sahel, o los de Oriente Próximo? ¿Se incluyen los coptos, por ser árabes? ¿Y los musulmanes homosexuales? ¿Los árabes socialdemócratas y los liberales están incluidos? ¿Los chiíes? ¿Y los árabes ateos, como la conocida Ayaan Hirsi Ali? Estudiosos mejor preparados nos muestran cómo estas generalizaciones no hacen sino negar una identidad política, nacional e ideológica al converso musulmán, tal como si fuera una masa informe, personas sin rostro, familia, sentimientos, esperanzas, inteligencia ni ambiciones.

En este calculado discurso incluso se permite dar cuenta de su carácter más tolerante indicando la necesidad de realizar la integración “sin olvidar los peligros del relativismo moral”. Por tanto, no hay necesidad de embestir contra “todo lo musulmán” ni “restringir sus derechos”, en un tono condescendiente que ya hubieran querido para sí las familias víctimas de la Guerra Civil, esos carcas.

Una vez más hemos de experimentar un discurso preciosista, llano y directo que obvia la historia próxima de Oriente Medio, la cual incluye enfrentamientos ideológicos internos, intervenciones militares occidentales, intereses geoeconómicos, crueles dictaduras, las secuelas de la guerra de Irak o la oposición al yihadismo de millones de árabes (musulmanes y cristianos) por la cual han dado su sangre y su vida. Tan sólo se acerca a esta zona para enseñarles, al más puro estilo colonial, los significados de “democracia” y “Estado de derecho”, ya que –parece ser– ellos no tienen capacidad suficiente para conocerlos ni construirlos.

Esta ausencia, la cual podría explicarse por la falta de espacio o tiempo, resulta menos obscena comparada con cuestión aún más catastrófica. Y es la reproducción una vez más del discurso del enemigo interno, señalando como causa del fenómeno la cuestión de la integración de las minorías musulmanas. Esta maquiavélica perversión de relacionar la cuestión de la identidad musulmana con el yihadismo se corona con una denuncia de la “ausencia de valores comunes”. Esta forma de escribir, muy propia de articulistas afines, tiende a explicar el yihadismo de una forma trascendental –incluyendo el término “mal” como concepto absoluto– mezclando una enorme cantidad de conceptos sociológicos, políticos y antropológicos los cuales son, por sí solos, objeto de debate por cualificados doctores universitarios. Sin embargo, con descaro y simplificación inauditos parece argumentar que el modelo multiculturalista posee detractores y es, por ello, erróneo, asumiendo que éste se ha aplicado sin fisuras. Me pregunto si opinará mejor del modelo de asimilación republicana francesa, propio de uno de los países, por desgracia, más atacados por estos asesinos en Europa. ¿Por qué esta obsesiva tendencia a escribir sobre la integración de las minorías en los artículos de terrorismo yihadista? ¿Pretende establecer que el origen del terrorismo yihadista no es otro que la salvaje venganza islámica por parte de unos “rencorosos radicalizados” –como mencionó más arriba–, que al no conseguir lo que deseaban en nuestra tierra de oportunidades deciden tomarse la justicia por su mano?

Su llamada a la unión y la colaboración internacional es más precisa que su afirmación de que “por algunos años, tenemos que estar dispuestos a dedicar los recursos necesarios para garantizar nuestra seguridad” ya que, puesto que nadie se negaría a garantizar nuestra seguridad, nos preguntamos: ¿a qué recursos se refiere? Suponemos que “recursos” es un término mucho más amable para usar que otros términos más específicos.

Es así como un discurso aparentemente progresista, edulcorado, plagado de aparentes buenas intenciones y pluralista, muestra su lado más aterrador si tratamos de desmenuzarlo antes de aceptarlo. Determinismo cultural, discurso patriótico, enfoque eurocentrista, ideológicamente conservador… Sin embargo, según mi experiencia, deberíamos entender que estos argumentos no son novedosos, y estas relaciones de conceptos y veladas implicaciones no son arbitrarias ni exclusivas de izquierda o derecha. Son repetidas en el mismo sentido una y otra vez en distintas editoriales a lo largo del tiempo. La verdadera batalla no está sino en nuestras mentes, donde siempre la estuvo. Es el último bastión que le queda al ser humano libre de nuestro tiempo. Merece ser defendido.

Por desgracia, no hemos despertado y sí nos hemos acostumbrado al terror. El fundado temor de los investigadores a que los atentados pudieran normalizarse parece haberse cumplido. La prueba de ello es que continuamos repitiendo las mismas consignas egocéntricas y localistas para explicar estos hechos, eliminando cualquier responsabilidad propia, hasta que en un par de semanas más tarde el atentado ya no sea trending topic, tras lo cual volveremos a la normalidad como si nada hubiera ocurrido, aún sin entender nada de lo que ocurre y con menos libertades civiles.

En una idea sí estoy de acuerdo con él. En recuperar la indignación. Es necesario que aceptemos por fin nuestra responsabilidad como sociedad, entender que esto es una cuestión a la que hay que enfrentarse ahora mismo, y dolernos de verdad por las víctimas. Y dolerse no es dedicar dos minutos en las noticias antes de las noticias deportivas –desprecio de proporciones épicas que aprovecho para denunciar–.

Para decidir hay que tener toda la información posible. Reclamar periodismo comprometido e información científica en medios de comunicación, solicitando profesionales, investigadores y académicos que puedan dotarnos de la visión multidimensional necesaria para empoderarnos como sociedad, de tal forma que dejen de escucharse las soluciones manidas en favor de una férrea voluntad de defender y proteger los valores del ser humano en todas las tierras, en completa equidad. Aunque esto es tan sólo una opinión.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¿Qué te pareció este artículo?

  1. Isabel María Hernández Robles dice:

    Alentador
    Leyendo recobro la esperanza en el periodismo que no es nada si no es crítico y comprometido! Un artículo que parte de una genealogía del problema y reflexiona sobre los discursos ideológicos rancios que se dan desde el periodismo. Me encanta! Como dices, argumentos nuevos para discursos viejos. Muy necesario! 🙂

Subir